Hay paisajes que sorprenden desde el primer encuentro y otros que se vuelven más extraordinarios conforme alguien nos explica lo que estamos viendo.
En las pozas de Cuatro Ciénegas, Coahuila, me sucedieron ambas cosas.
El agua cristalina en medio del desierto bastaba para detenerme a contemplar. Pero fueron las historias y explicaciones que escuchamos durante el recorrido las que transformaron mi fascinación inicial en una admiración más profunda.
Había llegado a conocer un paisaje. Terminé tratando de comprender un mundo.
Un humedal entre montañas y desierto
El valle de Cuatro Ciénegas reúne manantiales, pozas y otros ambientes acuáticos dentro del desierto chihuahuense. La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad registra más de 200 pozas en esta región: una referencia que permite dimensionar su riqueza, aunque las cifras varían según los cuerpos de agua considerados.
Su importancia trasciende la belleza. Está reconocido como humedal de importancia internacional bajo la Convención Ramsar, y sus aguas albergan especies endémicas, es decir, que viven de manera natural únicamente en esta región.
Escuchar aquello cambió mi manera de observar. Cada poza dejaba de ser solamente una superficie transparente para convertirse en el hogar de formas de vida cuya existencia está ligada a ese territorio.
Aprender a mirar lo que parece una piedra
Entre los elementos más extraordinarios del valle están los estromatolitos: estructuras que se forman por la actividad de comunidades microbianas, entre ellas cianobacterias. Su presencia en distintos puntos de Cuatro Ciénegas es especialmente relevante porque encontrarlos en agua dulce resulta poco común.
Saberlo obliga a mirar con atención. Lo que a primera vista podría pasar inadvertido encierra procesos biológicos que conectan este paisaje con una historia de la vida mucho más antigua que nosotros.
Eso fue lo que más me fascinó de estos Andares: descubrir cuánto puede existir frente a nuestros ojos sin que sepamos reconocerlo. A veces necesitamos escuchar para aprender a ver.
La admiración también compromete
La fascinación viene acompañada de una responsabilidad. La sobreutilización del agua para actividades agrícolas ha generado problemas para la conservación de los ecosistemas del valle, como ha documentado la Conabio.
Conocer esa fragilidad le da otra dimensión a la visita. Respetar las indicaciones del recorrido y cuidar el entorno se vuelven formas concretas de corresponder a lo que el lugar nos permite descubrir.
Me quedé con la imagen del agua en el desierto y con las explicaciones que la hicieron todavía más asombrosa. Cuatro Ciénegas me recordó que viajar también consiste en reconocer los límites de lo que sabemos y disfrutar la oportunidad de aprender.
Desde entonces, pensar en aquellas pozas es volver a esa sensación: la alegría de encontrar algo hermoso y descubrir que su historia es aún más fascinante.
Cada camino deja una historia y cada paso una enseñanza. Hasta aquí mis Andares, soy David Dorantes recordándote que vivo para ser feliz.
David Dorantes es conferencista, coach humanista y consultor en comunicación que inspira, provoca y aterriza ideas para transformar personas y marcas. Con 26 años de experiencia, ha recibido el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Trayectoria en Comunicación del Senado de México. Becario del Departamento de Estado de Estados Unidos, cubrió desde Washington las elecciones de Barack Obama. Su convicción: todos los días se construye el éxito.

